martes, 26 de julio de 2016

4 SHAMEN UCHIOKOSHI


     Hay dos métodos de levantar el arco; desde la posición de mirada al frente (ShōmenUchiokoshi) o desde la posición de costado (ShamenUchiokoshi).


        En la posición de costado (Shamen–Uchiokoshi), el arco se levanta por el lado del costado izquierdo desde la postura de costado de preparación del arco (Yugamae).


La altura de la fase de levantamiento del arco (Uchiokoshi) se establece a aproximadamente a 45º, que es lo estándar, pero difiere más o menos dependiendo de la edad y del físico.


En el momento de levantar el arco, hay que ordenar la respiración y mantener un sentimiento relajado y tranquilo que llegue al cuerpo y a la mente, sin dejar caer la forma del torso (Dōzukuri) o hacer fuerza innecesaria con los puños. La flecha se mantiene siempre horizontal y paralela al cuerpo, y debe ponerse cuidado en mantener los hombros asentados y no subirlos.

Este movimiento debería llevarse a cabo con una sensación de calma y tranquilidad.
Igual que cuando el sol va ascendiendo despacio en el cielo, o el humo se va levantado con calma en un día sin viento. Así, es deseable realizar la fase de levantamiento del arco (Uchiokoshi) armonizándola tranquilamente con la respiración.
 
 

 




 



 
 
 
 

 
 
 

sábado, 13 de febrero de 2016

Arco japonés (Yumi)






   Si comparamos los arcos de otros países con el japonés (yumi), descubrimos que son generalmente más cortos, con el resultado de que la potencia de proyección de este tipo de arco es muy fuerte. Sin duda este tipo de arcos más cortos funcionan muy bien en su propósito de penetrar la diana. Todas las culturas desarrollaron el arco por esta razón, y por supuesto el arco japonés no fue una excepción.

   Sin embargo, comparado al arco corto occidental, el arco largo japonés requiere una apertura más amplia para producir un resultado equivalente de rendimiento. Esto significa que a pesar de que no existe diferencia en la cantidad de fuerza física requerida para abrir ambos arcos, el arco japonés con su longitud de apertura más amplia produce un efecto más estético y atractivo, con el arquero centrado dentro del gran arco del arco. Mientras que el acercamiento al arco occidental permanece siendo utilitario, el arco japonés ha mantenido fuera de consideración su funcionalmente inconveniente longitud por la elegancia y belleza de la forma. Esta sensibilidad se encuentra en la relación ritualista hacia el arco, así como en su profundo significado psicológico.

Kyudo Manual Volume I. Principles of Shooting (Shaho). Revised Edition. All Nippon Kyudo Federation (A.N.K.F.). Tokyo.


domingo, 24 de enero de 2016

Hara. Dürckheim






Kenran Umeji


“ El maestro de tiro con arco Kenran Umeji tenía por constumbre invitar a sus alumnos a tocar los músculos de sus brazos cuando tensaba el arco, cosa que no lograba nadie sino él. Sus alumnos podían entonces comprobar que sus músculos estaban perfectamente distendidos. Si cualquiera de ellos expresaba su sorpresa a este respecto, el maestro se echaba a reír diciendo: << El principiante es el único que trata de tensar el arco con su fuerza muscular; yo lo hago simplemente con Ki>>. Ki, o sea, con la fuerza universal, de la que participamos en nuestro Ser esencial. Con el Hara hay que aprender a sentirla, y a dejarla venir, al contrario de cómo se hace con la fuerza movida con la voluntad, la fuerza del  <<hacer>>.

 

Dürckheim, K. Hara. Centro vital del hombre. 9ª edición. Ediciones Mensajero. Bilbao. 2008.







lunes, 14 de diciembre de 2015

Chuang Tzú. La necesidad de vencer .





Cuando un arquero dispara porque sí, está en posesión de toda su habilidad. Si está disparando por ganar una hebilla de bronce, ya está nervioso. Si el premio es de oro, se ciega o ve dos blancos... ¡Ha perdido la cabeza! Su habilidad no ha variado. Pero el premio lo divide. Está preocupado. Piensa más en vencer que en disparar... Y la necesidad de ganar le quita poder.
El camino de Chuang Tzú - Thomas Merton






Onuma, Hidearu. (Kyudo, The essence and practice of Japanese Archery)

 
 
 





The say that technique is the stairway to the spiritual level. Before you can know what true kyudo is, you must first the experience of knowing that every time you shoot you will not miss the target. This in itself is not kyudo, but is a necessary step.

 
Traducción: Dicen que la técnica es la escalera al nivel espiritual. Antes de saber qué es el verdadero kyudo, se ha de tener la experiencia de saber que  no fallarás el mato cada vez que tiras. Esto en sí mismo no es kyudo, pero es un paso necesario.





domingo, 13 de diciembre de 2015

LA POSTURA - DÜRCKHEIM




Para muchos, la gran pregunta es: ¿cómo eliminar los pensamientos, las imagenes? Se puede superar la distracción con la concentración en otra cosa. Creo, en verdad, que, en la medida en que nos esforzamos por conseguir una buena actitud, tenemos bastante que hacer. Y creo también que esto es siempre necesario. Ante todo, hay que ponerse en orden, es decir, en el orden que nos vuelve capaces de realizar la transparencia que buscamos. Hay tres cosas que considerar:

1. Que la postura dependa del centro de gravedad.

2. Liberar la respiración de esa tendencia a hacerla demasiado alta y demasiado superficialmente.

3. Buscar el equilibrio entre tensión y distensión, lo que tiene inmensa incidencia en la ubicación del punto de gravedad y en la respiración.

Si ante todo controlamos la postura, todo lo que se refiere a la vertical, la tensión justa la relajación de la cabeza a los pies y sí por último, controlamos la respiración... ¡tenemos bastante que hacer!
Esta concentración en un objeto comienza, después de un cierto tiempo, a concentrarse sobre nosotros, por así decirlo. Es entonces cuando la respiración, que era el objeto de nuestra atención, se convierte en sujeto ¡ y nos sentimos respirados por la respiración!

Las lecciones de Dürckheim. Jacques Castermane. Ediciones Luciérnaga. Barcelona. 1989




lunes, 9 de noviembre de 2015

DURCKHEIM Y EL KYUDO.



J.C.-Cuando usted estuvo viviendo en el Japón practicó el tiro al arco. ¿Cómo comenzó todo?
G.D.-Apenas llegado a Japón me interesé en el budismo zen. Como yo interrogaba con frecuencia sobre esto a un amigo japonés, éste me dijo: «Me gustaría que viera usted a mi maestro». Al preguntarle yo de qué maestro se trataba me respondió: «De mi maestro de tiro al arco, Kenran Umeji  Roshi».  (Escuela MuYoShinGetsuRyu)
Manifesté tener gran interés y, pocos días después, me encontré con este hombre, quien me interrogó acerca de las experiencias que yo había tenido desde mi llegada a Japón. Después de haber escuchado los nombres de las personas con las que yo había podido conversar sobre el zen, me dijo inmediatamente que todo eso era muy superficial. Que para comprender lo que era el zen era necesario hacer un ejercicio a fondo. «Cuanto más haga usted un ejercicio a fondo -me dijo-, más numerosos serán los sectores de su vida fecundados por esta profundidad.» «¿Qué ejercicio me propone usted?», pregunté. «Por ejemplo, el tiro al arco», respondió. «Pero ¡no tengo maestro!», exclamé. «Yo puedo ser su maestro», afirmó él, y así fue como comencé la práctica del tiro al arco.
J.C.-¿Iba usted al dojo todos los días?
G.D.-No. Yo vivía en Tokio y el dojo del maestro Umeji estaba a varias horas de tren. Había colocado un manojo de paja en la galería y me ejercitaba media hora todos los días. ¡Debo aclarar que durante los tres primeros años había que estar a tres metros del blanco! Sólo después de tres o cuatro años de práctica se obtiene el permiso de tirar desde 25 o 30 metros. De modo que no precisaba mucho espacio. El maestro Umeji tuvo la gentileza de enviar regularmente a Tokio a su primer discípulo S. Sagino, para que controlara mi práctica, (El maestro S. Sagino fue el sucesor de Umeji Roshi. Su escuela de tiro al  arco está situada en una ciudad próxima a Imeji (en la región de Osaka). Graf Durckheim y el maestro Sagino se reencontraron en julio de 1981 con motivo de la inauguración del Centro Durckheim. ) e incluso él mismo en persona vino en algunas ocasiones. Hacía poco tiempo que me ejercitaba cuando fue a verme por primera vez. Yo  había sujetado con alfileres una pequeña hoja en el centro del matojo de paja. Con muy buen humor, me preguntó qué me había hecho la hoja para merecer tal suerte. «¡Pero, querido maestro, después de todo se trata de llegar a tocar el centro!», dije. Su silencio me hizo comprender al instante que mi respuesta no le había satisfecho. Luego dejó caer un comentario, cortante como una hoja de sable: «¡Todavía no ha comprendido usted nada!».
J.C.-¿Qué era lo que debía comprender? 
G.D.-Necesité meses de práctica para comprender que, ante todo, había que adquirir conocimiento del arco, de la flecha. Que a continuación había que repetir incansablemente una secuencia de movimientos. Siempre los mismos gestos, sin error, hasta lograr la unión de sí mismo con esta técnica. Es importante dominar la técnica a la perfección para, finalmente, dejar fluir cada gesto. Llega entonces el momento en que no hay nada más que hacer. Es en ese instante cuando se deja actuar a una fuerza más profunda y éste es el gran principio de todos los ejercicios : hacer siempre lo mismo.
J.C.-En cambio  para la pedagogía occidental un ejercicio deja de tener sentido en el momento en que se sabe hacer. En ese momento se pasa al ejercicio siguiente porque de otro modo no habría progreso.
G.D.-Si la finalidad del ejercicio es un buen resultado o un progreso, eso es quizá lo que corresponde hacer. Pero aquí lo que importa no es el progreso sino la profundización de la persona.Y aun llega más lejos. Cuando yo estaba en el dojo con los ancianos, me sentí muy sorprendido al ver que el maestro Umeji los corregía exactamente con las mismas palabras que empleaba conmigo. Uno de sus discípulos más ancianos, advirtiendo mi azoramiento, me dijo: «Puede usted estar seguro de que, cada vez que oímos lo mismo, es al mismo tiempo siempre algo distinto; porque cada vez usted mismo está en un plano diferente».
Tenía razón. Es como buscar una pieza de oro sepultada en la tierra: lo único que se puede hacer es continuar cavando. Se cava más y más hasta que se llega. De este modo, la atmósfera del dojo es un asunto de vida o muerte. El ambiente que reina durante el ejercicio demuestra cuán importante es lo que se busca y que se trata de algo muy distinto a llegar al centro de un blanco con una flecha.
J.C.-Lo que me cuenta me recuerda la experiencia de su compatriota Eugen Herrigel quien, en su desesperación de no poder comprender que no hay que tirar, sino que es preciso llegar al punto en que «algo tira por nosotros», encuentra un truco que facilita su tiro y le permite alcanzar mejor el blanco. Su maestro observa cómo tira, coge su arco y lo despide por no ser digno de la disciplina enseñada.
G.D.-Sí, Herrigel hizo exactamente lo contrario de lo que se considera que es el ejercicio zen: hacer algo que permite llegar a tener éxito.
J.C.-¿Conoció usted a Eugen Herrigel?
G.D.-Estuvo viviendo en Japón antes de que yo fuera y no tuve ocasión de verlo. Hace algunos años lo visité en la Selva Negra, donde vivía, al igual que Heidegger. Herrigel era un hombre de una gran integridad. Aún lo veo, de pie frente a su escritorio, escribiendo. Cuando le pregunté si escribía un segundo libro me respondió que lo había comenzado pero que, como no lograba traducir con exactitud su experiencia, prefería renunciar a su intento. Es maravilloso, ¿no es verdad? Su libro es, ciertamente, la mejor transcripción de un ejercicio zen. Un ejercicio cuya finalidad no es llegar a la diana sino llegar a sí mismo. Es decir, alcanzar el dominio que nos permite abrirnos a una fuerza más grande, a una fuerza más profunda que el budista denomina Ello. ¡Y es una experiencia extraordinaria! Ese  momento en que la mano se abre como una flor. Por supuesto, hay alguien que tira y hay un arco. Pero, en ese momento particular, se tiene la impresión de confiar a un tercero esa técnica dominada, de tal modo que, a través de nosotros y en el lenguaje de esta habilidad, aquél canta el Cántico de los Cánticos, el canto de lo Eterno.

J.C.-Poco importa si la flecha no toca el blanco.
G.D.-No estoy seguro de que se pueda afirmar eso. El zen no opone meditación y acción. La finalidad del ejercicio es la eliminación del yo, del ego, con el fin de brindarle al Ser la oportunidad de despertarse. Pero ¿para qué? Recuerdo un encuentro al que los dojos habían enviado sus mejores discípulos. Lo más interesante era que, alrededor de cada tirador, había tres jueces. El primero contaba los puntos sobre el blanco. El segundo observaba la forma en que se hallaba el hombre que tiraba, su manera de estar allí. El tercero miraba únicamente su rostro. Y si, en el momento de soltar la cuerda, el rostro expresaba el deseo de tener éxito o el temor de fallar, el tiro carecía de importancia ¡por más que la flecha tocara el centro de la diana! pues se trataba de un tiro impuro.
J.C.-Hay dos jueces que miran al hombre y uno solo que mira el blanco. No se elimina la realización exterior, pero importa más la realización interior. Me atrevo a hacerle una pregunta indiscreta. ¿Qué le sucede al viejo maestro de tiro al arco? ¿A aquél que, a causa de la edad, pierde la vista o está curvado y endurecido por la anquilosis y la artrosis?
G.D.-Por el contrario, es una buena pregunta. Me recuerda la experiencia que tuvo uno de mis amigos no hace mucho tiempo. Viajó a Japón para asistir a una gran demostración de maestros de tiro al arco; una reunión que iba a ser coronada con la presencia del gran maestro.
¡Por fin llegó el momento! Un hombrecito que llevaba un arco inmenso hizo su entrada. Era un viejo tembloroso ... de modo que era lógico preguntarse qué podría hacer. Entonces el viejo maestro se arrodilló, se inclinó, se enderezó con dificultad, cogió la flecha, tendió el arco y, en medio de un silencio religioso, la flecha partió y cayó a menos de diez metros, sobre el suelo ... Pero en ese mismo momento, relataba mi amigo, una veintena de personas en el público llegaron al satori ... Lo que emanaba de ese hombre viejo, de su presencia con el arco que le había acompañado toda su vida, bastaba para conmover a aquel en que se dirige a su Ser. Le bastaba con estar allí, simplemente con estar allí.
J.C.-Se trata por cierto de una realidad bien diferente de todo aquello que llamamos deporte.
G.D. Aquí el deporte se convierte en un arte, un arte de vivir. Existe esta oportunidad en cualquier arte cuya técnica dominemos: la oportunidad de ponernos a disposición de una fuerza que realiza el trabajo a través vuestro. Hay que distinguir entre el sentido del tiro al arco y la finalidad del tiro al arco.
La finalidad es el resultado, los anillos en el blanco. En el deporte cuentan los centímetros o las décimas de segundo ... El sentido no es el blanco sino el hombre. En función del sentido, el trabajo comienza por la eliminación del yo que quiere hacer las cosas bien, que quiere ganar. Tres años de trabajo técnico a tres metros de un manojo de paja. ¡Ni siquiera era una diana! Es entonces cuando lo que el hombre sabe hacer, la técnica dominada a la perfección, brinda la oportunidad de volverse permeable a otra realidad. ¡Feliz quien toca un instrumento! Conozco a un pianista de renombre internacional que rehusó todos los contratos ofrecidos durante un año entero para trabajar las escalas. Solamente las escalas a lo largo de muchas horas al día. Eso es lo que hoy en día le confiere ese toque particular. Porque la escala que se repite nos da la oportunidad de ser diferentes en nuestro ser entero.
El tiro al arco es una escala de seis u ocho movimientos, siempre los mismos. Primera flecha…. Segunda flecha  ¡he bloqueado la respiración!  Tercera flecha...  ¡quise hacerla demasiado bien!... Centésima flecha ..  el culpable no es la flecha, ni el arco, ni la técnica que se domina. El culpable es uno mismo. Y esa centésima flecha será quizá tan mala como la segunda, pero «usted» es diferente; estamos cambiados, transformados por ese esfuerzo de eliminar las condiciones desfavorables.
J.C.-Me agrada mucho el paralelo que usted traza entre una disciplina tradicional de Extremo Oriente y el ejercicio cotidiano de nuestros músicos, las escalas.
G.D.-Sí, en los dos casos se trata de aprovechar una técnica que se sabe hacer. Si no se hace bien es porque el yo está en juego. La idea del zen, en el fondo, es la limpieza de éste, la limpieza del yo. Es así como se abre la puerta a la gran presencia. El ejercicio es, pues, una transformación del hombre hacia una transparencia para la trascendencia. Esto significa que no es sólo para usted que está ahí, sino para que esa otra realidad pueda pasar a través suyo en la existencia cotidiana. Gracias al ejercicio, tenemos la oportunidad de vivir esta experiencia.

Jacques Castermane. " Las Lecciones de Dürckheim", Ed Luciérnaga, 1989










Texto extraído de la WEB de  JOSHU MARTÍNEZ CLARÁ.  Arte- Shodo (Caligrafia)- Kyudo(Tiro con Arco) Tai Chi y ZaZen. 

http://joshumartinezclara.balearweb.net/post/115349