Hara. Centro Vital Del Hombre. Karlfried Graf Dürckheim
Ese estado interior que, por el ejercicio, debemos descubrir,
desarrollar y fortificar, esencialmente esrá basado en que existe un
centro inquebrantable de gravedad en el centro vital del hombre, es
el Hara. Cuando yo me esforzaba por entrar en cl secreto de
los ejercicios de los maestros japoneses, primero a través de
conversaciones con cada uno en relación con el arte que practicaban,
recuerdo muy bien cuál era mi sorpresa cuando continuamente
insistían en la noción de “Hara”. Cualquiera que fuera
el arte que enseñara el maestro con el que yo conversara, — manejo
de sable, danza o marionetas — nunca terminaba su explicación sin
hacer hincapié en que el Hara era el “pivote indispensable”
en torno al cual todo tenía que girar. Comprendí pronto que el
concepto de Hara significaba más que una condición de
base que permitiera a todo aquel que respondiera a ella, el
disponer en todo momento de una técnica.
El Japonés relacionaba con el Hara algo más profundo. Me
convenció del todo la respuesta que me dio un general japonés, al
que pregunté qué papel jugaba el Hara en la formación de
los soldados. A este general le sorprendió que un Europeo le hiciera
esta pregunta. Reflexionó un momento antes de contestar, y luego me
dijo simplemente: “El sentido de toda formación militar es el
Hara”. Sorprendente respuesta que sólo se puede comprender si
se entiende por Hara el lograr, de modo estable, un estado de
ser merced al cual se pueda disponer de la maestría adquirida en una
técnica en un momento crucial, de modo natural y no patético, como
el soldado que da un testimonio, con naturalidad, de sus virtudes en
cualquier circunstancia y, en particular, cuando ha de enfrentarse
con la muerte. Ahora bien, ese estado interior implica que el hombre
esté ya liberado del influjo de un Yo amedrentado ante la muerte. A
eso no se puede llegar, sino a condición de estar sólidamente
anclado en el fondo de ese SER que, como dice el Japonés, está “más
allá de la vida y la muerte”. De lo que se trata esencialmente es
de dar testimonio del SER en este mundo.
El siguiente ejemplo ilustra con bastante precisión este modo de
concebir el ejercicio. Era un día muy caluroso de verano, en Tokyo,
y yo estaba esperando la llegada del maestro Kenran Uméji, mi
maestro de tiro con arco. Me había estado preparando solo, a lo
largo de varias semanas, y me satisfacía poder mostrar al “Maestro”
que había aprendido bien mi lección. Sentía curiosidad por conocer
qué nueva sorpresa me esperaba, porque cada lección que recibía
era una sorpresa.
Para un estudiante Occidental, todo en arte japonés — ya sea el
tiro con arco, la esgrima, el arte floral, la pintura, la escritura
con pincel, o la ceremonia de té — es extraño. Quien crea, por
ejemplo, que en el tiro con arco de lo que se trata es de hacer
diana, está en un gran error. ¿Qué es entonces? Eso fue lo que mi
maestro me enseñó aquel día.
Llegó a la hora prevista, y después de una breve conversación
tomando una taza de té, salimos al jardín, donde estaba la diana.
Esta diana fue ya mi primera sorpresa al comenzar mi aprendizaje de
tiro con arco. Era una gavilla de paja de unos 80 centímetros de
diámetro, situada a la altura de los ojos, fijada a un soporte de
madera. Es fácil imaginar cuál fue mi extrañeza cuando supe que
todo alumno debía practicar en esta diana durante tres años,
situándose a una distancia de tres metros. ¡Este ejercicio tan
simple repetido durante tres años! ¿No es aburrido a la larga? No,
al contrario, es cada día más apasionante, a medida que se va
penetrando en el sentido del ejercicio. En realidad, el fin que se
persigue no es el de dar en el blanco. ¿Cuál es entonces? Eso fue
lo que mi maestro me explicó aquel día. Me coloco. Me inclino,
primero ante el Maestro que estaba frente a mí, tal como lo requiere
el ceremonial, y luego lo hago ante la diana. Después me pongo de
nuevo frente al Maestro y realizo, con calma, los primeros
movimientos. Los movimientos han de sucederse cadenciosamente, al
igual que las olas, que nace cada una de la que le precede. Coloco el
arco en la rodilla izquierda, cojo una de las dos flechas que tengo
apoyadas en mi pierna derecha y la coloco en la cuerda. Con la mano
izquierda mantengo con firmeza el arco y la flecha. Levanto
lentamente mi mano derecha y la bajo, espirando plenamente todo el
aire de mis pulmones. Luego, con esta mano cojo la cuerda e,
inspirando lentamente, levanto y tenso el arco, poco a poco. Este es
el movimiento decisivo que ha de hacerse con calma, y sin saltos, al
igual que la luna sube al cielo. No había todavía llegado a la
altura requerida, en ese momento en que el arco alcanzaba su máxima
tensión. cuando el penacho de la flecha roza la mejilla y la oreja
del tirador, me sobresaltó la voz de órgano del Maestro ordenándome
que me detuviera. Sorprendido, y algo irritado por esta interrupción
en un momento de extrema concentración, bajo el arco. El Maestro me
lo coge de las manos, enrolla la cuerda a la extremidad superior del
arco y me lo da sonriendo, diciéndome que empiece otra vez. Sin
sospechar todavía nada, hago otra vez toda la serie de movimientos
ya descritos. Pero al llegar el momento de tensar el arco, me siento
ya al borde de mi saber. Cuando tensé dos veces más el arco, no
tenia ya fuerzas para estirarlo. Mis brazos empiezan a temblar,
pierdo el equilibrio, vacilo: ese es, en definitiva, el resultado de
tantos esfuerzos para prepararme. Entonces, el Maestro se echa a
reír. Hago desesperadamente otro intento, pero en vano; es un
lamentable fracaso. Debo tener un gesto de despecho porque el Maestro
me pregunta qué es lo que me irrita. Y porque le respondo
inmediatamente: “Pero ¿cómo es que me hace esa pregunta? He
practicado a lo largo de varias semanas, y en el momento crucial,
usted me hace parar”. El Maestro ríe aún con más ganas, toma
luego su aspecto grave para responderme. “ ¿Qué quiere? Por la
forma de coger el arco, yo ya he visto que había alcanzado la forma
requerida para cumplir su cometido. Pero escuche bien esto:
cuando el hombre, en su modo de estar, en su vida o en su trabajo, ha
llegado a una etapa que le ha costado muchos esfuerzos, lo peor
que le puede ocurrir es ver que el destino le permite conseguir
un tanto, estancándose en el estado al que ha llegado. Si el
destino le es favorable, le quita el resultado obtenido antes de que
se anquilose, de que se esclerose. Esto es lo que un buen maestro
debe hacer. Porque, en el fondo, no se trata de que la flecha vaya
directa al blanco; en éste, como en todas las otras artes, el
objetivo esencial no es el resultado externo, sino sobre todo, el
resultado interior, o dicho de otro modo, la transformación
interior del hombre. Practicar una técnica que tienda a un
resultado, sirve también a esta transformación. Pero ¿qué
otro mayor peligro puede ser una amenaza para esa transformación,
sino el de detenerse en el resultado obtenido? El hombre debe
progresar, progresar constantemente”.
La voz del Maestro era grave y conmovedora. Lo que él enseñaba a
través del tiro con arco era otra cosa que un deporte de pasatiempo,
cuya finalidad sea ganar otros competidores; se trataba de una
escuela de vida, o sea, de una práctica iniciática que enseña el
camino interior. Hay que dejar bien sentado que, al principio es
preciso aprender la técnica. Y sólo cuando se posee ésta a fondo,
es cuando comienza el verdadero trabajo, ese incesante trabajo sobre
uno mismo. El tiro con arco como cualquier otro arte, no es para el
japonés sino una ocasión de despertar al SER, es decir, a su Ser
esencial. Lo que presupone trabajar por purificar el yo vano y
ambicioso que, justamente por no ocuparse sino del aspecto exterior
de los resultados, pone en peligro la propia perfección de los
mismos. Sólo se puede cumplir un cometido si se ha logrado triunfar
de ese Yo. El éxito no es entonces el fruto de un saber-hacer
dirigido por una voluntad ambiciosa, sino el de una transformación
del hombre en su ser. El éxito es así manifestación de un estado
interior que deja libre una fuerza profunda, casi sobrenatural, y
que, hasta se podría decir, que lleva a la perfección sin nuestra
contribución consciente. Queda claramente de manifiesto que el
sentido del ejercido es la transformación del hombre.
Un anciano Japonés, a quien pedí su opinión sobre las proezas que
realizan los yoguis, me hizo todavía comprender mejor ese modo de
concebir el ejercicio. Me dijo: “Es evidente que un hombre que
durante años, a veces incluso decenas de años, se haya esforzado
por adquirir una formación en una disciplina dada, pueda conseguir
resultados que a un profano puedan parecerle milagrosos. Pero hay que
preguntarse cuál es el valor de esas hazañas. Si son fruto de una
ambición tenaz que ha podido utilizar un cierto saber-hacer, no son
de ningún valor para el hombre. Adquieren un sentido profundo cuando
están testimoniando una maestría interior”.
Estas palabras no dejarán de sorprender al Europeo. quien idolatra
únicamente el “resultado” en sí mismo. El Oriental sólo
reconoce al maestro por el “resultado” si éste expresa una
madurez interior, gracias a la cual el resultado tangible nace
de sí mismo, de igual modo que el fruto, ya maduro, se desprende del
árbol, sin que en apariencia éste intervenga.